D. César.—¡Á mí me han vendido!

D. Guritán.—Á mí me desterraron casi.

D. César.—Y á mí por poco me ahorcan.

D. Guritán.—Me envían á Neuburgo artificiosamente, para llevar una caja con cuatro palabras escritas, que decían: «Detened el más largo tiempo que sea posible á ese viejo loco.»

D. César (soltando la carcajada).—¡Muy bien! ¿Y quién ha hecho eso?

D. Guritán.—¡He de retorcer el cuello á don César de Bazán!

D. César (gravemente).—¡Ah!

D. Guritán.—Para colmo de audacia me envía un lacayo en su lugar para excusarle, según dijo; pero no he querido verle. Muy por el contrario, he dado orden de encerrarle, y ahora vengo en busca del amo, ese César de Bazán, ese traidor. ¡Quiero matarle! ¡Vamos! ¿dónde está?

D. César (siempre con gravedad).—Pues yo soy.

D. Guritán.—¡Vos! Sin duda os burláis...