D. César.—¡Yo soy don César!

D. Guritán.—¡Cómo!

D. César.—Lo dicho.

D. Guritán.—Señor mío, renunciad á ese papel, porque me enojáis mucho.

D. César.—Y vos me estáis divirtiendo, porque parecéis un celoso. Os compadezco mucho, amigo mío, pues el mal que nos viene de nuestros vicios es peor que el que los demás nos hacen. Os digo con franqueza que más vale ser cornudo que celoso, y más bien pobre que avaro. Vos sois una cosa y otra. Debo advertiros que aún espero esta noche á vuestra esposa.

D. Guritán.—¡Á mi esposa!

D. César.—Sí, á ella misma.

D. Guritán.—¡Pero si yo no soy casado!

D. César.—Pues ¿por qué tenéis, desde hace un cuarto de hora, el aspecto de un marido que rabia, ó de un tigre que llora? Como os creía casado, os daba buenos consejos; pero si no lo sois, decid por qué os hacéis tan ridículo.

D. Guritán.—¿Sabéis que me estáis exasperando?