D. César.—¡Bah!
D. Guritán.—¿Y que esto es ya demasiado?
D. César.—¿De veras?
D. Guritán.—Me las vais á pagar...
D. César (examinando con aire burlón los zapatos de D. Guritán, ocultos por una ola de cintajos, según la nueva moda).—En otro tiempo usábanse las cintas para adornar la cabeza; pero hoy, según veo, han bajado hasta las botas. ¡Habrá que peinarse los pies! ¡Magnífico!
D. Guritán.—¡Vamos á batirnos!
D. César (impasible).—¿Lo queréis así?
D. Guritán.—Si no sois don César, comenzaré por vos.
D. César.—Bueno; tened cuidado de no terminar por mí.
D. Guritán (presentándole una de las dos espadas).—¡Será en el acto!