D. SALUSTIO

D. Salustio (con traje verde oscuro, casi negro).—¡Ningún preparativo! (Reparando en la mesa cubierta de manjares.) ¿Qué quiere decir esto? (Escuchando el ruido de los pasos de D. César y de D. Guritán.) ¿Qué rumor es ese? (Se pasea meditabundo.) Gudiel vió salir esta mañana al paje y le siguió... iba á casa de Guritán... y no veo á Ruy Blas... ¡Condenación! aquí hay alguna contramina. Tal vez Guritán se haya encargado de algún mensaje para ella... Nada se puede averiguar por los mudos. No había previsto este caso.

(Entra D. César con la espada desnuda en la mano y déjala en un sillón.)

ESCENA VII

D. SALUSTIO, D. CÉSAR

D. César (desde el umbral de la puerta).—¡Ah! seguro estaba de que andaríais mezclado en el asunto.

D. Salustio (volviéndose estupefacto).—¡Don César!

D. César (cruzándose de brazos y soltando una carcajada).—Sin duda estáis urdiendo alguna trama espantosa; pero yo lo desarreglo todo. ¿No es cierto? Paréceme que vengo á caer de golpe en medio de la masa.

D. Salustio (aparte).—¡Todo se ha perdido!

D. César (riendo).—Desde esta mañana he andado entre vuestras telas de araña, revolviéndome en ellas; y así es que ninguno de vuestros proyectos dará el resultado apetecido. Todos vuestros planes caerán por tierra. Verdaderamente me regocijo mucho de ello.