D. César (observando su inquietud).—Aquella conocida vuestra... (D. Salustio escucha con la mayor ansiedad; D. César prosigue riendo.) Que me envía una dueña vieja y espantosa, con más barbas que un ermitaño...

D. Salustio.—¿Para qué?

D. César.—Para preguntarme, con prudencia y sin ruido, si es don César quien la espera esta noche...

D. Salustio (aparte).—¡Cielos! (En voz alta.) ¿Qué has contestado?

D. César.—He dicho que sí; que la esperaba.

D. Salustio (aparte).—¡Tal vez no se haya perdido todo!

D. César.—En fin, vuestro matón, llamado Guritán, según me dijo en el terreno... (Movimiento de D. Salustio.) y que esta mañana no quiso recibir un lacayo de don César, portador de un mensaje, viniendo después á pedirme no sé qué satisfacción...

D. Salustio.—¿Y bien? ¿qué has hecho?

D. César.—He dado muerte á ese pajarraco.

D. Salustio.—¿De veras?