D. César.—Temo que sí.
D. Salustio (aparte).—¡Respiro! ¡Bondad divina, nada se ha perdido! Sin embargo, convendrá desembarazarme por el pronto de este rudo auxiliar. En cuanto al dinero, importa poco. (En voz alta.) El lance es singular. ¿Y no habéis visto á otras personas?
D. César.—No; pero las veré. Por lo pronto quiero publicar mi nombre en todas partes, y voy á dar un escándalo terrible. No tengáis cuidado.
D. Salustio (aparte).—¡Diablo! (Aproximándose vivamente á D. César.) Guárdate el dinero, pero véte.
D. César.—¡Ya! ¡Daríais orden de que me siguieran! Harto sé vuestra manera de proceder; y muy pronto volvería á ver las azules aguas del Mediterráneo. ¡Nada de eso!
D. Salustio.—Créeme.
D. César.—No. Sospecho que en este palacio-prisión alguno será víctima de vuestros manejos. Toda intriga cortesana es una escalera doble; por una parte el paciente, con los brazos ligados y la mirada triste; y por otra, el verdugo. Vos sois el ejecutor, y necesariamente...
D. Salustio.—¡Oh!
D. César.—Pero yo llego á tiempo, tiro de la escalera, y cataplum.
D. Salustio.—Te juro...