D. César.—Quiero desbaratarlo todo, y para ello debo quedarme hasta el fin de la intriga. Sé que sois muy astuto, primo mío, y que no os costaría mucho matar dos pájaros de una pedrada. Yo sería uno de ellos, y por lo mismo me quedo.
D. Salustio.—Escucha...
D. César.—¡No me vengáis con retóricas! ¡Ah! ¡Conque hacéis que me vendan á los piratas de África, y entre tanto fabricáis aquí un falso César, comprometiendo mi nombre!
D. Salustio.—¡Casualidad!
D. César.—¿Casualidad? Manjar es ese que los bribones dan á los tontos. Mucho sentiré que vuestros planes se desbaraten; mas pretendo salvar á los que aquí perdéis. Voy á publicar mi nombre desde los tejados á voz en cuello. (Se sube en el poyo de la ventana y mira por fuera.) ¡Esperad! Precisamente pasan unos alguaciles por aquí. (Pasa el brazo á través de los barrotes y agítale gritando): ¡Hola! venid aquí.
D. Salustio (asustado, en el proscenio: aparte).—¡Todo se ha perdido si le reconocen!
(Entran los alguaciles precedidos de un alcalde. D. Salustio parece presa de una viva ansiedad. D. César se dirige al alcalde con aire de triunfo.)
ESCENA VIII
Los mismos, ALCALDE, ALGUACILES
D. César (al alcalde).—Consignaréis en vuestro informe...