Ruy Blas (con voz apagada).—¡Oh qué traición! Este billete...

La Reina (continúa la lectura).—«Junto á la puerta principal hay una entrada por donde podéis penetrar de noche sin ser reconocida. Una persona de confianza os abrirá.»

Ruy Blas (aparte).—¡Había olvidado este billete! (Á la Reina con voz terrible.) ¡Salid al punto!

La Reina.—Me marcharé, don César. ¡Oh Dios mío, qué duro sois! ¿Qué os he hecho?

Ruy Blas.—¡Cielos! ¡aquí os perdéis, señora!

La Reina.—¿Cómo?

Ruy Blas.—No puedo explicarlo. ¡Huíd pronto!

La Reina.—Para cumplir mejor, hasta tuve la precaución de enviar esta mañana una dueña...

Ruy Blas.—¡Dios mío! me parece que vuestra existencia se extingue por momentos como la vida de un corazón que se desangra. ¡Partid pronto!

La Reina (como herida de una idea súbita).—La abnegación que mi amor soñó, me inspira: os halláis en algún momento de peligro y queréis alejarme de él... ¡Pues me quedo!