Ruy Blas.—¡Qué loca idea, Dios mío! ¡Permanecer á tal hora en semejante sitio!

La Reina.—La carta es de vos, y por lo tanto...

Ruy Blas (elevando los brazos al cielo con desesperación).—¡Bondad divina!

La Reina.—Queréis alejarme...

Ruy Blas (tomándole la mano).—Comprended...

La Reina.—Adivino: en el primer momento me escribisteis, y después...

Ruy Blas.—¡Nada os he escrito! ¡Huíd de aquí, pobre ángel, porque os han tendido un lazo! Por todas partes os rodean los peligros. ¿Cómo podré convenceros? ¡Escuchad, comprended; yo os amo, ya lo sabéis, y sólo para desechar de vuestro espíritu lo que ahora imagina, me arrancaría el corazón del pecho! ¡Oh! ¡yo te amo, pero véte!

La Reina.—¡Don César!...

Ruy Blas.—¡Véte! Pero ahora se me ocurre... alguien debió abrirte la puerta...

La Reina.—Es claro.