Jeppo (por lo bajo).—Estáis loco, Maffio. La Negroni es una mujer encantadora; os digo que estoy enamorado de ella, y Belverana es un excelente sujeto. Me he enterado de él y de los suyos. Mi padre estuvo con su padre en el sitio de Granada, en mil cuatrocientos ochenta y tantos.

Maffio.—Eso no prueba que éste sea hijo del padre con quien estaba el vuestro.

Jeppo.—Libre sois de no venir á cenar, Maffio.

Maffio.—Iré, si vais vos, Jeppo.

Jeppo.—¡Viva Júpiter, entonces! Y tú, Genaro, ¿no quieres ser de los nuestros esta noche?

Ascanio.—¿Acaso la Negroni ha dejado de invitarte?

Genaro.—Así es. Le habré parecido á la princesa mediano gentil-hombre.

Maffio (sonriendo).—Entonces, hermano, irás por tu parte á alguna cita amorosa, ¿no es eso?

Jeppo.—Á propósito, cuéntanos algo de lo que te decía Lucrecia la otra noche. Parece que anda loca por ti. Largo debió de hablarte. La libertad del baile era una buena ocasión para ella. Las mujeres no disfrazan su persona más que para desnudar más audazmente su alma. Rostro tapado, corazón desnudo.

(Desde algunos instantes Lucrecia está en el balcón cuya celosía ha entreabierto. Escucha.)