Maffio.—¡Ah! Has venido precisamente á alojarte delante de su balcón. ¡Genaro! ¡Genaro!
Apóstolo.—Lo cual no deja de ser algo peligroso, camarada, pues se dice que este digno duque de Ferrara anda muy celoso de su señora esposa.
Oloferno.—Vamos, Genaro, cuéntanos á qué alturas te encuentras en tus amoríos con Lucrecia Borgia.
Genaro.—Señores, si volvéis á hablarme de esa horrible mujer, habrá espadas que saldrán á relucir al sol.
Lucrecia (en el balcón, aparte).—¡Ay!
Maffio.—Es pura broma, Genaro. Pero me parece que bien se te puede hablar de esa dama, puesto que llevas sus colores.
Genaro.—¿Qué quieres decir?
Maffio (mostrándole la banda que lleva).—Esta banda.
Jeppo.—Son, en efecto, los colores de Lucrecia Borgia.
Genaro.—Fiametta es quien me la ha enviado.