Maffio.—¿Qué diablos hace?
Genaro.—¡Oh! ¡Maldita sea esa Lucrecia Borgia! ¡Decís que esa mujer me ama! Pues bien: tanto mejor; sea este su castigo: ¡me horroriza! ¡Sí, me horroriza! Ya lo sabes, Maffio, siempre ha sido así; no hay manera de ser indiferente hacia una mujer que nos ama. Hay que amarla ó aborrecerla. ¿Y cómo amar á esa? Sucede que, cuando más perseguido se ve uno por el amor de esas mujeres, más las aborrece. Esta me persigue, me embiste, me tiene sitiado. ¿Por qué he podido merecer yo el amor de una Lucrecia Borgia? ¿No es eso acaso una vergüenza y una calamidad? Desde aquella noche en que de tan ruidosa manera me habéis dicho su nombre, no podéis creer hasta qué punto me es odioso el pensamiento de esa mujer malvada. En otro tiempo no veía yo á Lucrecia más que de lejos, á través de mil intervalos, como un fantasma terrible de pie sobre Italia, como el espectro de todo el mundo. Ahora este espectro es el mío, viene á sentarse á mi cabecera; me ama y quiere acostarse en mi lecho. ¡Por mi madre, esto es espantoso! ¡Ah, Maffio, ha matado al señor de Gravina, ha matado á tu hermano! Pues bien, ¡yo reemplazaré á tu hermano para contigo, y yo le vengaré para con ella!—¡He ahí, pues, su execrable palacio! ¡Palacio de la lujuria, palacio de la traición, palacio del asesinato, palacio del adulterio, palacio del incesto, palacio de todos los crímenes, palacio de Lucrecia Borgia! ¡Oh! el sello de infamia que no puedo poner sobre la frente de esa mujer, ¡quiero ponerle al menos en la fachada de su palacio!
(Sube sobre el banco de piedra que está debajo del balcón, y con su puñal hace saltar la primera letra del nombre de Borgia grabado en el muro, de manera que no queda más que la palabra: ORGIA.)
Maffio.—¿Qué diablos hace?
Jeppo.—Genaro, esta letra de menos en el nombre de Lucrecia, es tu cabeza de menos sobre tus espaldas.
Gubetta.—Señor Genaro, he aquí un retruécano que someterá mañana á media ciudad al tormento.
Genaro.—Si buscan al culpable, yo me presentaré.
Gubetta (aparte).—¡Me alegraría, pardiez! ¡Eso pondría en grande apuro á Lucrecia!
(Desde algunos instantes, dos hombres vestidos de negro se pasean por la plaza. Observan.)