Genaro.—Habría debido conocerlo, habiéndome escanciado vos el vino.
Lucrecia.—¡Oh, no me agobiéis, Genaro! No me quitéis las pocas fuerzas que me quedan, de las cuales tengo necesidad aún por algunos instantes. Oídme: el duque está celoso de vos; el duque os cree mi amante, y no me ha dejado otra alternativa que la de veros dar de puñaladas delante de mí por Rustighello ó daros yo misma el veneno. Un veneno terrible, Genaro, un veneno cuyo solo nombre hace palidecer á todo italiano que sabe la historia de los últimos veinte años.
Genaro.—Sí, los venenos de los Borgias.
Lucrecia.—De él habéis bebido. Nadie en el mundo conoce el antídoto de esta composición terrible, nadie, excepto el papa, el señor de Valentinois y yo. Tomad, ved esta redomilla que llevo oculta siempre en mi seno. Esta redomilla, Genaro, es la vida, es la salud, es la salvación. Una sola gota en vuestros labios y estáis salvado.
(Quiere aproximar la redoma á los labios de Genaro, que retrocede.)
Genaro (mirándola fijamente).—Señora, ¿quién me dice que no sea ese el veneno?
Lucrecia (cayendo aniquilada en el sillón).—¡Dios mío! ¡Dios mío!
Genaro.—¿No os llamáis Lucrecia Borgia? ¿Creéis que no me acuerdo del hermano de Bayaceto? Sí; sé un poco de historia... Hiciéronle creer, á él también, que estaba envenenado por Carlos VIII y se le dió un antídoto del cual murió. Y la mano que le presentó el antídoto es la que tiene ahora esa redoma. ¡Y la boca que le dijo que bebiera, hela aquí, me habla!
Lucrecia.—¡Miserable de mí!
Genaro.—Oíd, señora, no me engañan vuestras apariencias de amor. Abrigáis algún siniestro designio sobre mí. Esto se ve. Debéis saber quién soy. En este momento se lee en vuestro rostro que lo sabéis; fácil es conocer que alguna razón poderosa tendréis para no decírmelo nunca. Vuestra familia debe conocer á la mía, y quizás á estas horas no es de mí de quien os vengáis envenenándome, sino, ¿quién sabe?, de mi madre...