Lucrecia.—¡Vuestra madre, Genaro! Quizás la veis distinta de lo que es. ¿Qué diríais si no fuese más que una mujer criminal como yo?
Genaro.—No la calumniéis. ¡Oh, no, mi madre no es una mujer como vos, doña Lucrecia! ¡Oh! la siento en mi corazón y la sueño en mi alma tal como es; tengo su imagen aquí, nacida conmigo; no la amaría como la amo si no fuese digna de mí. El corazón de un hijo no se engaña sobre su madre. La aborrecería si pudiese parecerse á vos. Pero, no, no; hay algo en mí que me dice muy alto que mi madre no es una de esas infames culpables de incesto, de lujuria y de envenenamiento como vosotras, las hermosas mujeres de este tiempo. ¡Oh Dios! Estoy bien seguro de ello; ¡si hay bajo el cielo una mujer inocente, una mujer virtuosa, una mujer santa, es mi madre! ¡Oh! Así es ella y no de otra manera. La conocéis sin duda, doña Lucrecia, y no me desmentiréis.
Lucrecia.—¡No, á esa mujer, Genaro, á esa madre, no la conozco!
Genaro.—Pero ¿ante quién estoy hablando así? ¿Qué os importan á vos, Lucrecia Borgia, las alegrías ó los dolores de una madre? No habéis tenido hijos nunca, dicen, y debéis sentiros bien venturosa. Porque vuestros hijos, si los tuviéseis, ¿sabéis que renegarían de vos, señora? ¿Qué desdichado, bastante dejado de la mano del cielo, quisiera una madre semejante? ¡Ser hijo de Lucrecia Borgia! ¡Llamar madre á Lucrecia Borgia! ¡Oh!...
Lucrecia.—Genaro, estáis envenenado; el duque, que os cree muerto, puede llegar de un momento á otro. No debería pensar yo más que en vuestra salvación y en vuestra fuga, pero me decís cosas tan terribles, que no me queda más que permanecer ahí, petrificada, oyéndolas.
Genaro.—Señora...
Lucrecia.—Veamos; se ha de acabar. Maltratadme, agobiadme con vuestro desprecio; pero, estáis envenenado; bebed esto en seguida.
Genaro.—¿Qué debo creer yo, señora? El duque es leal; he salvado la vida á su padre. Vos, no; os he ofendido y tenéis que vengaros de mí.
Lucrecia.—¡Vengarme de ti, Genaro! Si fuera menester dar toda mi vida para añadir una hora á la tuya, derramar toda mi sangre para impedir que vertieses una lágrima, sentarme en la picota para colocarte sobre un trono, pagar con una tortura del infierno cada uno de tus menores placeres, no vacilaría yo, no murmuraría, sería feliz y besaríate los pies, Genaro. ¡Oh, no sabrás tú nunca nada de mi pobre corazón sino que está lleno de ti! Genaro, el tiempo urge, el veneno corre, de un momento á otro lo sentirás... un poco más y no será ya tiempo. La vida abre en este momento dos espacios oscuros delante de ti, pero el uno tiene menos minutos que años el otro. La elección es terrible. Deja que yo te guíe. Ten piedad de ti y de mí, Genaro. ¡Bebe pronto, en nombre del cielo!
Genaro.—Bueno; está bien. Si hay un crimen en esto, caiga sobre vuestra cabeza. Después de todo, digáis ó no verdad, no vale mi vida la pena de ser tan disputada. Dadme.