(Toma la redomilla y bebe.)
Lucrecia.—¡Salvado! Ahora es menester partir para Venecia á caballo y á escape. ¿Tienes dinero?
Genaro.—Tengo.
Lucrecia.—El duque te cree muerto. Fácil será ocultarle tu fuga. Espera; guarda ese frasco y llévalo siempre encima. En tiempos como los que vivimos, el veneno figura en todos los convites. Tú, sobre todo, estás expuesto. Ahora, parte pronto. (Mostrándole la puerta secreta que entreabre.) Baja por esta escalera que comunica con uno de los patios del palacio Negroni. Fácil te será evadirte por allí. No esperes hasta mañana, no esperes la puesta de sol, no esperes una hora, ni siquiera media. Abandona á Ferrara en seguida, abandona á Ferrara como si fuese Sodoma que arde, y no vuelvas la vista atrás. ¡Adiós! espera un instante. ¡Tengo una última palabra que decirte, Genaro mío!
Genaro.—Hablad, señora.
Lucrecia.—Te digo adiós en este momento, Genaro, para no volver á verte jamás. No has de pensar ya encontrarte alguna vez en mi camino. Es la sola dicha que tendría yo en el mundo; pero sería arriesgar tu cabeza. Henos aquí separados para siempre en esta vida; ¡ay! ¡harto segura estoy también de que lo mismo estaremos separados en la otra! Genaro, ¿no me dirás una sola palabra de cariño antes de abandonarme así por una eternidad?
Genaro (bajando los ojos).—Señora...
Lucrecia.—¡Acabo de salvarte la vida, en fin!...
Genaro.—Así lo decís. Todo esto me parece lleno de tinieblas. No sé qué pensar. Ved, señora, todo puedo perdonároslo excepto una cosa.
Lucrecia.—¿Cuál?