Genaro.—Juradme por todo cuanto os es caro, por mi propia cabeza, puesto que me amáis, por la salvación eterna de mi alma, que vuestros crímenes no tienen que ver nada con las desgracias de mi madre.
Lucrecia.—Todas las palabras son formales en vos, Genaro. No puedo juraros eso.
Genaro.—¡Oh madre! ¡madre mía! He aquí la espantosa mujer que ha causado tu desgracia.
Lucrecia.—Genaro...
Genaro.—Lo habéis confesado, señora. ¡Adiós! ¡Maldita seáis!
Lucrecia.—Y tú, Genaro, ¡bendito seas!
(Sale. Lucrecia cae desvanecida en el sillón.)