Rustighello.—En primer lugar, suponiendo que yo hubiese podido derribar la puerta, doña Lucrecia le habría cubierto con su cuerpo. Me hubiese sido forzoso también matar á doña Lucrecia.
Alfonso.—¿Y qué?
Rustighello.—Yo no tenía orden para ello.
Alfonso.—Rustighello, los buenos servidores son los que comprenden á los príncipes sin ocasionarles la molestia de decirlo todo.
Rustighello.—Y luego, habría temido indisponer á Vuestra Alteza con el papa.
Alfonso.—¡Imbécil!
Rustighello.—Era muy delicado, monseñor. ¡Matar á la hija del Padre Santo!
Alfonso.—Y sin matarla ¿no podías acaso gritar, llamarme, advertirme, impedir al amante que se escapase?
Rustighello.—Sí, y luego, al día siguiente Vuestra Alteza se habría reconciliado con doña Lucrecia, y al otro doña Lucrecia me hubiera mandado ahorcar.
Alfonso.—Basta. Me has dicho que aún no se había perdido nada.