Rustighello.—No. Ved: hay una luz en esa ventana. Genaro no ha partido aún. Su criado, á quien sobornó antes la duquesa, lo he sobornado yo á mi vez, y me lo ha revelado todo. En este momento aguarda á su amo junto á la ciudadela con dos caballos ensillados. Genaro va á salir, para reunirse con él ahora mismo.
Alfonso.—En este caso, embosquémonos detrás del ángulo de su casa. La noche es oscura. Le mataremos cuando pase.
Rustighello.—Como vos lo ordenéis.
Alfonso.—¿Es buena tu espada?
Rustighello.—Sí.
Alfonso.—¿Traes puñal?
Rustighello.—Dos cosas hay bajo el cielo difíciles de encontrar: un italiano sin puñal, y una italiana sin amante.
Alfonso.—Está bien. Herirás con ambas manos.
Rustighello.—Monseñor, ¿por qué no dais orden de arrestarle simplemente, y que lo ahorquen luego por sentencia del fiscal?
Alfonso.—Es súbdito de Venecia y sería declarar la guerra á la república. No. Una puñalada viene de no se sabe dónde y no compromete á nadie. El envenenamiento valdría más aún, pero ha fracasado.