Rustighello.—Entonces, ¿queréis, monseñor, que vaya á buscar cuatro esbirros para despacharle, sin que tengáis la molestia de mezclaros en ello?
Alfonso.—No. Maquiavelo me ha dicho á menudo que en estos casos lo mejor era que los príncipes hiciesen las cosas por sí mismos.
Rustighello.—Monseñor, oigo que alguien se acerca.
Alfonso.—Coloquémonos junto á esta pared.
(Ocúltanse en la sombra, bajo el balcón. Aparece Maffio en traje de fiesta, que llega tarareando y va á llamar á la puerta de Genaro.)
ESCENA II
D. ALFONSO y RUSTIGHELLO ocultos; MAFFIO y GENARO
Maffio.—¡Genaro!
(Abren la puerta, apareciendo Genaro.)
Genaro.—¿Eres tú, Maffio? ¿Quieres entrar?