Maffio.—¡Si te sucediese alguna desgracia sin estar yo allí!
Genaro.—¿Quién sabe si no tendré que acusarme mañana de haberte abandonado esta noche?
Maffio.—Vamos, decididamente no nos separamos. Cedamos algo cada uno por su parte. Ven esta noche conmigo á casa de la Negroni, y mañana, al rayar el alba, partiremos juntos. ¿Te avienes?
Genaro.—Preciso será que te cuente, Maffio, los motivos de mi repentina partida. Vas á ver si tengo razón.
(Se lleva á Maffio aparte y le habla al oído.)
Rustighello (bajo el balcón, en voz baja á don Alfonso).—¿Atacamos, monseñor?
Alfonso.—Veamos el final de esto.
Maffio (echándose á reir después de la relación de Genaro).—¿Quieres que te lo diga, Genaro? Estás equivocado. No hay en todo ese negocio ni veneno ni contra-veneno. Pura comedia. La Lucrecia está perdidamente enamorada de ti y ha querido hacerte creer que te salvaba la vida, esperando convertir suavemente la gratitud en amor. El duque es un buen hombre, incapaz de envenenar ó asesinar á nadie. Has salvado la vida á su padre, por otra parte, y lo sabe. La duquesa quiere que partas. Está muy bien. Sus amoríos serían, en efecto, más fáciles en Venecia que no en Ferrara. El marido la estorba siempre un poco. En cuanto á la cena de la princesa Negroni será altamente deliciosa. Tú vendrás. ¡Qué diablo, hay que razonar un poco y no exagerar nada! Sabes que soy presidente y que doy buenos consejos. Porque haya habido dos ó tres cenas famosas en las que los Borgias han envenenado, con muy buen vino, á algunos de sus mejores amigos, no se deduce que no deba cenarse absolutamente. No se sigue de aquí que deba verse siempre veneno en el admirable vino de Siracusa; y detrás de todas las bellas princesas de Italia á Lucrecia Borgia. ¡Espectros y cuentos de vieja! Según esto, solamente los niños de pecho estarían seguros de lo que beben y podrían cenar sin inquietud. ¡Por Hércules, Genaro, sé niño ó sé hombre! Vuelve á tomar ama de cría ó ven á cenar.
Genaro.—Á la verdad, es algo extraño huir de noche. Parezco un hombre que tiene miedo. Por otra parte, si hay peligro en cenar, no debo dejar á Maffio solo. Suceda lo que quiera. Es un albur como cualquier otro. Lo dicho. Me presentarás á la princesa Negroni. Me voy contigo.
Maffio (cogiéndole la mano).—¡Dios de verdad! Este es un amigo.