Maffio.—Le observo desde que comenzó la cena, y me parece extraño que no haya bebido aún más que agua.

Jeppo.—¡Vamos! ya vuelves á concebir sospechas, amigo mío; tienes un vino muy monótono.

Maffio.—Tal vez tengas razón, estoy loco.

Gubetta (volviendo y mirando á Maffio de pies á cabeza).—¿Sabéis, caballero, que estáis dotado de una complexión muy propia para vivir noventa años, y que por tal concepto os asemejáis mucho á un abuelo mío que alcanzó esta edad, y que se llamaba Gil-Basilio-Fernán-Ireneo-Frasco-Frasquito-Felipe, conde de Belverana?

Jeppo.—¡Vaya una letanía, señor de Belverana!

Gubetta.—¡Ah! nuestros padres acostumbraban á darnos más nombres de pila que escudos para casarnos. Pero... ¿quién ríe tanto allá abajo? (Aparte.) Será preciso que las mujeres tengan un pretexto para marcharse. ¿Cómo lo haremos?

(Vuelve á sentarse á la mesa.)

Oloferno (bebiendo).—¡Vive el cielo, señores, que jamás pasé una noche tan deliciosa! Señoras, probad ese vino; es más dulce que el Lácrima Cristi, y más ardiente que el de Chipre. ¡Es vino de Siracusa, señores!

Gubetta (comiendo).—Oloferno está beodo, según parece.

Oloferno.—Señoras, será preciso que os recite algunos versos que acabo de componer. Quisiera ser más poeta de lo que soy para cantar tan admirables festines.