Gubetta.—No os insulto, gigantón italiano; pero no quiero oir vuestro soneto; mi gaznate necesita más el vino de Chipre que mis oídos la poesía.
Oloferno.—¡Pues os he de cortar las orejas para clavároslas en los talones!
Gubetta.—¡Sois un belitre! ¡Habráse visto otro mostrenco igual, embriagado con vino de Siracusa, y que parece borracho de cerveza!
Oloferno.—¡Por vida del diablo!... ¡os voy á descuartizar!
Gubetta (trinchando un faisán).—No os diré otro tanto, porque yo no trincho volátiles como vos... ¿señoras, gustáis de un poco de faisán?
Oloferno (precipitándose para coger un cuchillo).—¡Pardiez! ¡quiero abrir en canal á ese tunante, aunque sea más caballero que el emperador!
Las mujeres (levantándose de la mesa).—¡Cielos, van á batirse!
Los hombres.—¡Poco á poco, Oloferno!
(Desarman á Oloferno, que quiere precipitarse sobre Gubetta, y entre tanto las mujeres desaparecen por la puerta lateral.)
Oloferno (forcejeando).—¡Vive Dios!