Gubetta.—Rimáis tan bien con esa palabra, mi querido poeta, que habéis hecho huir á las damas. Sois un torpe.
Jeppo.—Eso es verdad. ¿Dónde diablos se habrán ido?
Maffio.—Habrán tenido miedo: cuchillo que reluce, mujer que huye.
Ascanio.—¡Bah! ya volverán.
Oloferno (amenazando á Gubetta).—¡Ya te encontraré mañana, Belverana del diablo!
Gubetta.—Mañana no hay inconveniente. (Oloferno se sienta vacilante y con cólera; Gubetta suelta la carcajada.) ¡Qué imbécil, hacer huir así á las más lindas mujeres de Ferrara con un cuchillo de mesa! ¡Enfadarse por los versos! ¡Ahora creo que tiene alas; ese Oloferno no es un hombre, sino un ganso!
Jeppo.—¡Haya paz, señores! Ya os cortaréis mañana el cuello como es debido; batíos al menos como caballeros, con espadas, y no con cuchillos.
Ascanio.—Á propósito, ¿qué hemos hecho de nuestras espadas?
Apóstolo.—¿Olvidáis que nos han obligado á dejarlas en la antecámara?
Gubetta.—¡Y la precaución ha sido buena, pues de lo contrario nos habríamos batido delante de las damas, por lo cual se habrían sonrojado hasta los flamencos de Flandes, ebrios de tabaco!