Lucrecia.—¡Ah! ¡Dios sea loado!
Genaro.—Una palabra, señora; vos sois experta en la materia, y podréis decirme si hay bastante elíxir en este frasquito para salvar á los caballeros que esos monjes conducen á la tumba.
Lucrecia (examinando el frasco).—¡Apenas hay bastante para vos, Genaro!
Genaro.—¿No podéis obtener más al punto?
Lucrecia.—Os he dado cuanto tenía.
Genaro.—Está bien.
Lucrecia.—¿Qué hacéis, Genaro? Despachad; no juguéis con cosas tan terribles, pues nunca se bebe á tiempo un contra-veneno. ¡Apuradlo, en nombre de Dios! ¡Qué imprudencia habéis cometido! Asegurad vuestra vida, y yo os facilitaré la salida de palacio por una puerta oculta que conozco. Todo se puede remediar aún; es de noche; muy pronto tendré dos caballos ensillados, y mañana á primera hora estaréis lejos de Ferrara. ¿No es verdad que suceden cosas terribles? ¡Bebed y marchemos; es preciso vivir; es forzoso salvaros!
Genaro (tomando un cuchillo de la mesa).—¡No; ahora vais á morir, señora!
Lucrecia.—¡Cómo! ¿Qué decís?
Genaro.—Digo que acabáis de envenenar traidoramente á cinco caballeros, que eran mis mejores amigos, contándose entre ellos Maffio Orsini, mi hermano de armas, que me salvó la vida una vez, y á quien debo vengar, porque las injurias que recibimos son comunes. Digo que habéis cometido un acto infame; que debo vengar á Maffio y á los demás, y que vais á morir.