Lucrecia.—¡Cielos!

Genaro.—Rezad vuestra última oración, y que sea corta, señora, porque estoy envenenado y no puedo esperar.

Lucrecia.—¡Bah! eso no puede ser. ¡Genaro matarme á mí! ¿Sería posible?

Genaro.—Es la pura verdad, señora, y juro por Dios que en vuestro lugar ya estaría orando de rodillas... Ahí tenéis un sillón que os servirá para el caso.

Lucrecia.—No; os digo que es imposible. Entre las más terribles ideas que cruzan mi espíritu, jamás me había ocurrido esta... ¡Pues bien, ya que levantas el cuchillo, espera, Genaro! Debo decirte alguna cosa.

Genaro.—Pronto.

Lucrecia.—¡Deja ese cuchillo, desgraciado, arrójale! ¡Si tú supieras... Genaro! ¿Sabes quién eres, y quién soy? Tú ignoras hasta qué punto me perteneces. ¿Será preciso decirlo todo? La misma sangre circula por nuestras venas, Genaro; ¡tu padre fué Juan Borgia, duque de Gandía!

Genaro.—¡Vuestro hermano! ¡Conque sois mi tía! ¡Ah, señora!

Lucrecia (aparte).—¡Su tía!

Genaro.—¡Ah! soy vuestro sobrino. ¡Ah! ¡mi madre fué esa infeliz duquesa de Gandía á quien todos los Borgias hicieron tan desgraciada! Señora, mi madre se refería á vos en sus cartas; sois una de aquellas parientas desnaturalizadas de quien me hablaba con horror, que mató á mi padre, y que hizo llorar lágrimas de sangre á su esposa. ¡Ah! ¡ahora debo vengarlos á los dos! ¡Conque sois mi tía y yo un Borgia! ¡Es lo bastante para volverme loco! Escuchadme; habéis vivido demasiado tiempo, y estáis tan cargada de crímenes, que debéis haber llegado á ser odiosa y abominable para vos misma; sin duda estaréis cansada de vivir, y será preciso acabar de una vez. En las familias como las nuestras, en las que el crimen es hereditario y se transmite de padre á hijo como el nombre, siempre sucede que esta fatalidad termina por un asesinato, de ordinario en la misma familia, último crimen que lava todos los demás. Jamás se censuró á un caballero por haber cortado una mala rama del árbol de su casa. El español Mudarra mató á su tío, Rodrigo de Lara, por menos de lo que habéis hecho, y todos elogiaron su acto. ¿Me comprendéis, tía mía? ¡Vaya pues, ya hemos hablado bastante! ¡Recomendad vuestra alma á Dios, si creéis en Dios y en vuestra alma!