Lucrecia.—¡Genaro, por piedad para ti! Aún eres inocente. ¡No cometas tal crimen!

Genaro.—¡Un crimen! ¡Oh! mi tía se trastorna. ¡Será esto un crimen! ¡Pues bien! aunque le cometa, soy un Borgia, y nada tiene de particular. ¡De rodillas os digo, tía, de rodillas!

Lucrecia.—¿Dices verdaderamente lo que piensas, Genaro? ¿Es así cómo pagas el amor que te profeso?

Genaro.—¡Amor!...

Lucrecia.—Es imposible. Quiero salvarte; llamaré, gritaré...

Genaro.—No abriréis esa puerta, ni tampoco daréis un paso; y en cuanto á vuestros gritos, no os salvarán. ¿No acabáis de ordenar vos misma que no éntre nadie, oigan lo que quieran de lo que ha de pasar aquí?

Lucrecia.—¡Pero eso es una cobardía, Genaro! ¡Matar á una mujer indefensa! ¡Oh, los sentimientos de tu alma son más nobles! Escúchame; me matarás después si quieres, pues no me importa la vida; pero es preciso que mi pecho se desahogue, porque está lleno de angustia por tu proceder. Tú eres un niño, y la juventud es siempre demasiado severa. ¡Oh! si he de morir, no quiero que sea de tu mano; no sabes hasta qué punto esto sería horrible. Por otra parte, Genaro, mi hora no ha llegado aún. Cierto que he cometido muchas maldades, y que soy una gran criminal; mas por lo mismo se me debe dejar tiempo para reconocerlo y arrepentirme. Es indispensable, ¿lo oyes, Genaro?

Genaro.—Sois mi tía; sois la hermana de mi padre. ¿Qué habéis hecho de mi madre?

Lucrecia.—¡Espera, espera! Dios mío, no me es posible decirlo todo; y aunque te lo dijese, tal vez fuera sólo para redoblar tu horror y tu desprecio. ¡Escúchame un instante... yo deseo que me recibas arrepentida á tus pies! Tú me perdonarás ¿no es cierto? Pues bien, ¿quieres que me retire á un claustro y me encierre para toda la vida? Si te dijesen: «Esa desgraciada mujer se ha hecho rasar el cabello, duerme sobre la ceniza, socava su propia fosa con las manos, y ruega á Dios noche y día para que dejes caer sobre ella una mirada de misericordia, para que viertas una lágrima sobre todas las llagas vivas de su corazón y de su alma, y para que no le digas más, como acabas de hacerlo, con esa voz tan severa como la del juicio final: “¡Vos sois Lucrecia Borgia!”». Si te dijeran todo esto, Genaro, ¿tendrías corazón para rechazarla? ¡Gracia, Genaro! Vivamos los dos, tú para perdonarme, y yo para arrepentirme. ¡Compadécete de mí! No has de tratar sin misericordia á una pobre mujer que sólo pide un poco de piedad. ¡Perdóname la vida!... Te lo digo, Genaro, por ti, porque tu acto sería verdaderamente cobarde, y además un crimen espantoso, un asesinato. ¡Un hombre matar á una mujer! ¡Oh, tú no harás eso!

Genaro (vacilante).—¡Señora!...