Honran al Dios, su altar ciñendo santo,
Y Cretenses y Dríopes en coro,
Y abigarrados Agatirsos, canto
Mezclando y danzas en tropel sonoro;
El de Cinto en las cumbres vaga en tanto;
Orna el suelto cabello, á par del oro,
Con tiernas hojas de gentil guirnalda,
Y los dardos retiemblan á la espalda.
XXXII.
Cuando al monte llegaron y al sagrado
De hojosos laberintos, á deshora
Del risco descolgándose empinado
Ven la silvestre cabra trepadora.
Mueve á los ciervos súbito cuidado,
Y la manada al campo voladora
Cruza; nube de polvo en torno crece,
Y los montes dejando, desparece.
XXXIII.
Ascanio revolviendo va á doquiera
Su brioso caballo por el llano,
Y ya á los unos en veloz carrera,
Ora á los otros se adelanta ufano.
Entre inermes rebaños, aplaudiera
Un jabalí espumoso haber á mano,
Y ruega que del áspero boscaje
Algun rojo leon al campo baje.
XXXIV.
Hé aquí el cielo amenaza, óyense truenos,
Sigue granizo y tempestad oscura;
Y, Tirios y Troyanos de afan llenos,
Cada cual por su lado huir procura:
Ni de Vénus al nieto acosa ménos
El cielo: albergues van por la llanura
Buscando: de las sierras eminentes
Se despeñan las aguas á torrentes.
XXXV.
Iba el troyano capitan con Dido,
Y á una gruta se acogen á deseo:
Presagia la alma Tierra con rüido,
Y Juno, al rito atenta, el himeneo:
El cielo en los misterios instruido,
Alumbró con siniestro centelleo;
Las Ninfas á que el monte da moradas,
Gimieron en las cumbres elevadas.