Tal, asido al altar, Yárbas gemia;
Y oyendo el Padre su clamor prolijo
Vió la copia de amantes que yacia
En torpes lazos, y á Mercurio dijo:
«Óyeme, y cruza la region vacía;
Los céfiros te ayuden, vuela, hijo;
Vé al Rey troyano que en Cartago olvida
Mansiones do Fortuna le convida.

XLVII.

»¡Que no así, le dirás, su madre hermosa
Me le ofreció; ni para fin tan triste,
Cuando la muerte entre la lid le acosa,
Una vez y otra á remediarle asiste;
Mas para que su raza glorïosa
Restaure, y éntre á Italia, y la conquiste
Henchida de poder, hirviente en guerra,
Y leyes dicte al orbe de la tierra!

XLVIII.

»Que si no le da impulsos la memoria
De sus altos destinos, ni se afana
Por ceñirse el laurel de la victoria,
Débele á Ascanio la ciudad romana.
¿Y querrá á un hijo defraudar su gloria?
¿Ó qué entre gente á su mision profana
Proyecta? ¿Por lo suyo no suspira?
¿Ni allá los campos de Lavinio mira?

XLIX.

»¡Tú vé; intímale, pues, mi mandamiento:
Yo mando, en conclusion, se haga á la vela!»
Dijo; á su voz el mensajero atento,
Cumplir el cargo presuroso anhela;
Y la sandalia calza en el momento,
La áurea sandalia con que alado vuela
Cual soplo de los céfiros, lo mismo
Sobre la tierra y sobre undoso abismo.

L.

Cobra en seguida el Dios su caduceo:
Con él las sombras pálidas evoca
Que yacen en el Orco, y al Leteo
Lleva tambien las ánimas: provoca
Y disipa los sueños á deseo;
Los mustios ojos abre si los toca:
Con él nublados trata, auras domina;
Y ya volando á Atlante se avecina.

LI.