El cual con pinos hórrida levanta,
Y de hoscas nubes guarnecida ostenta
Su anciana frente, estriba en firme planta,
Y el alto cielo sobre sí sustenta:
Nieve arropa sus hombros; se quebranta
En sus flancos rugiendo la tormenta,
Y á trechos en arroyos se desliza
El bronco hielo que su barba eriza.

LII.

Allí el cilenio Dios descanso toma;
Paz da á las alas que al igual batia,
Y luego al mar con fuerza se desploma;
Y cual ave que al pez la gruta espía
Y en las playas, rasando el alga, asoma,
Tal á las costas líbicas venía,
Distante en breve del materno abuelo,
Entre agua y tierra el Dios á salto y vuelo.

LIII.

No bien chozas tocó su planta alada
Muros trazando y casas al caudillo
Troyano ve, cuya ceñida espada
Puntas de jaspe esmaltan de amarillo,
Y á quien clámide en púrpura bañada
Los hombros cubre con ardiente brillo:
Obsequios de la rica soberana
Que con oro sutil bordó la grana.

LIV.

Fué uno verle y ponérsele delante:
«¿Tú á echar las bases de Cartago atento?
¿Tú ornando esta ciudad, postrado amante?
¿Tú de tus hados sordo al llamamiento:
Pues díme—que de Olimpo radiante
Me envía á ti por sobre el raudo viento
El que el mundo gobierna y las esferas—
¿Qué es lo que en Libia descuidado esperas?

LV.

»Que si no te da impulsos la memoria
De tus altos destinos, ni te afanas
Por ceñirte el laurel de la victoria,
Mira á Ascanio crecer: las italianas
Comarcas son su herencia; allí su gloria
¿De un hijo harás las esperanzas vanas?...
Calló, y la vista deslumbrada deja,
Y cual sombra en el aire huye y se aleja.

LVI.