Quedó Enéas absorto, híspido el pelo,
Hecha un nudo la voz en la garganta.
Ya en dejar piensa aquel amado suelo,
Que la divina inspiracion le espanta.
Mas ¡duro trance! ¡amargo desconsuelo!
¡Ir á anunciar que el áncora levanta
A aquella que por él de amor fallece!...
Cómo, no sabe, ni por dónde empiece.
LVII.
Propónese mil cosas, y cuan presto
Se fija en una, á esotra vuelve en tanto;
Vacila: al fin resuelve, y á Sergesto
Y á Mnesteo convoca, y á Cloanto:
Que hagan, les manda, sin rumor apresto
De embarcaciones; que su gente á canto
Reunan de zarpar; armas prevengan,
Y sus intentos bajo sello tengan.
LVIII.
Que él entre tanto con mesura y tiento—
Pues la espléndida Dido nada sabe,
Ni espera que en eterno alejamiento
Aquel tan grande amor tan presto acabe—
Para hablarle, buscando irá momento
El más propicio, y modo el más süave:
Esta es su voluntad. Todos aprueban,
Y alegres el mandato á cabo llevan.
LIX.
¿Cómo engañar á un corazon que ama?
Ella todo lo sabe, lo adivina;
Fué quien primero descubrió la trama,
Y, áun en horas serenas, de rüina
Amagos presintió. ¿Qué más? La Fama
Sus ocultos recelos amotina,
Maligna susurrando que aparejan
Naves los Teucros; que á Cartago dejan.
LX.
Fuera de tino la soberbia amante
Corre por la ciudad, como se agita
En las órgias solemnes la bacante
Cuando oye en torno la vinosa grita.
Y los tirsos descubre, y resonante
A sus misterios Citeron la invita:
Tal va la Reina, y tal sin más recato
Vuela á afrentar al amador ingrato.