Él, que de Jove, miéntras ella hablaba,
Guarda en su mente el mandamiento impreso,
Fijos los ojos en el suelo clava,
Mudo resiste del dolor al peso.
«Mi gratitud tu esplendidez alaba,»
Esto al fin dijo apénas; «y confieso
Que si arguyes ¡oh Reina! con mercedes,
Muchas y grandes recordarme puedes.

LXVII.

»Yo llevaré al recuerdo de esos dones
La imágen tuya dulcemente unida,
Miéntras guarde mis propias tradiciones,
Miéntras mi pecho aliente aura de vida.
Mas oye, en la cuestion, breves razones:
No pensaba ocultarte mi partida,
Ni de union conyugal te hice promesa;
No así te engañes: mi mision no es ésa.

LXVIII.

»¿No ves que si el destino me otorgara
Guiar las cosas, reparando males,
Ya hubiera visto por mi patria cara?
¡Podria de sus héroes los mortales
Restos honrar; al golpe de mi vara
Se alzaran sus alcázares reales,
Y poderosa, como en ántes era,
Troya de sus cenizas renaciera!

LXIX.

»Mas ¡ay! la voz de oráculo divino
Fuerza mi voluntad, Febo me guia;
Navegar para Italia es mi destino,
Ya éste es mi amor, y esta es la patria mia!
Cual hoy Troyano á Ausonia me encamino,
Tiria á Cartago tú viniste un dia;
Ya en paz la riges: en igual manera
Buscarlos, do reinar, zona extranjera.

LXX.

»Mi padre Anquíses, cuando en alto vuelo
La noche entolda el orbe de la tierra
Y brillan las estrellas por el cielo,
En sueños me habla, y su actitud me aterra:
Mi hijo Ascanio me es causa de desvelo,
Y en él mirando, el corazon se cierra;
Que aquí, distante del confin hesperio,
Yo le defraudo el prometido imperio.

LXXI.