»No há mucho el nuncio de los Dioses vino;
Por vida de ambos que le vi te juro,
Enviado por Júpiter, camino
Por los aires abrir, y entrar el muro:
Estoy mirando su esplendor divino;
Oyendo estoy su mandamiento duro!
No me des más, no más te des tormento;
Llévanme á Italia, y con dolor me ausento!»

LXXII.

Miéntras hablaba, fiera y desdeñosa
Con ardiente inquietud ella le mira;
Mirándole en silencio, ira rebosa,
Y luégo á voces se desata en ira:
«No fué tu madre, ¡pérfido! una Diosa,
Que desciendes de Dárdano es mentira;
Cáucaso te engendró entre hórridos lechos,
Hircana tigre te crió á sus pechos!

LXXIII.

»Ya ¿qué hay que disfrazar? ¿qué más espero?
Ve llorando á su amante, ¿y se contrista?
¿Le merecí una lágrima, un ligero
Signo de compasión? ¿volvió la vista?
¡Cielos! ¿Qué agravio acusaré primero?
¿Cuál Dios habrá que á vindicarme asista?
Ni Juno ya, ni Jove, ¡oh desengaño!
Con justa indignación miran mi daño.

LXXIV.

»¡Oh justicia! ¡oh lealtad! ¡nombres vacíos!
¡Yo náufrago, desnudo, falleciente
Le recogí, le abrí los reinos mios,
El imperio con él partí demente!
Yo los restos salvé de sus navíos,
Yo libré de morir su triste gente!...
¿A dónde me despeña el pensamiento?
¡Llevada de furor, arder me siento!

LXXV.

»¡Y ahora la voz de oráculo divino
Fuerza su voluntad! ¡Febo le guia!
Ni há mucho el nuncio de los Dioses vino,
¡Y es heraldo que Júpiter le envía!
¡Y en los aires abriéndose camino
Le trae la órden fatal! ¡Quién pensaria
Que hubiesen de alterar cuidados tales
La alta paz de los Dioses inmortales!

LXXVI.