»Nada te objeto, ni partir te impido:
Vé, y por medio del mar, en seguimiento
Camina de ese imperio prometido;
¡Busca esa Italia con favor del viento!
Mas si justas deidades, fementido,
Algo pueden, te juro que el tormento
Hallarás, entre escollos, que mereces,
Y á Dido por su nombre allí mil veces

LXXVII.

»Invocarás; y Dido abandonada,
Con tea humosa aterrará tu mente;
Y cuando á manos de la muerte helada
Salga del cuerpo esta ánima doliente,
Yo, vengadora sombra, á tu mirada
En todas partes estaré presente!
Tu crímen pagarás; sabráse, oirélo:
¡Eso en el Orco irá á acallar mi duelo!»

LXXVIII.

Ella súbito aquí la voz detiene,
Y huye la luz odiosa con gemido;
El, que á oponer razones se previene,
Queda atónito, absorto, atontecido.
Y hé aquí un grupo de esclavas la sostiene
En brazos; y la llevan sin sentido
Al tálamo, de mármoles labrado,
Y la reclinan sobre el regio estrado.

LXXIX.

Cierto que con palabras de dulzura
El religioso príncipe quisiera
Mitigar de la triste la amargura
Y el dolor suavizar que la exaspera.
Gime él de corazon su desventura,
Que amor le oprime con angustia fiera;
Todo, empero, lo vence, y determina
Recto cumplir la voluntad divina.

LXXX.

Ya á revistar su armada acude al puerto,
Y ya las altas popas de la orilla
Los Troyanos alanzan de concierto;
Flota liviana la embreada quilla.
Remos y tablas da, de hoja cubierto,
Tronco informe, áun no bien la hacha le humilla;
Y en este afan por coronar la empresa,
Salen de la ciudad todos de priesa.

LXXXI.