Tal las hormigas próvidas saquean
Riquezas que en sus antros acumulan;
Y, en la hierba cruzándose, negrean,
Y en senda angosta, por do van, pululan:
Unas á empuje granos acarrean,
Otras, á la que tarda ora estimulan,
Corrigen ora á la que pierde el tino;
Con tanta agitacion hierve el camino.
LXXXII.
¡Tu pobre corazon qué sentiria!
¡Cuán grande hubo de ser, Dido, tu pena,
Cuando hirviente la playa en lejanía
Atalayabas desde la alta almena!
¡Qué, al sentir la confusa vocería
Con que al mar asordaba la faena!...
Tú ¿á qué un alma no obligas, amor ciego?
Por ti ella al lloro vuelve, y vuelve al ruego.
LXXXIII.
Con interpuestas súplicas ensaya
Ir á amansar rebeldes sentimientos;
Que morir no es prudente sin que haya
Esforzado los últimos intentos:
«¡Ay, Ana! ¿ves bullir toda la playa?
Míralos: corren, vuelan; ya contentos
Las popas adornaron de coronas;
Ya convidan al céfiro sus lonas.
LXXXIV.
»Yo que pude esperar dolor tan fiero
Lo sabré soportar, hermana mia.
Este único favor te pido, empero:
Pues te preciaba en tanto, y ser solia
El pérfido contigo verdadero,
Y tú hallabas sazon de entrarle y via,
Anda, y doblar con súplicas procura
Esa cerviz cual de enemigo dura.
LXXXV.
»Que no con Griegos, le dirás, la guerra
Juré en Áulide, naves á hacer riza
No envié á Troya, no moví la tierra
Que cubre de su padre la ceniza.
¿Pues por qué oidos á mi llanto cierra?
¿Qué huye azorado así? ¿Quién le hostiliza?
Buen viento espere y que la mar se ablande:
Es gracia, y la postrera que demande.