La excelsa Juno de mirar se duele
El largo padecer, la ardua agonía,
Y porque á desatar vínculos vuele
Que áun detienen el alma, á Íris envía.
¡Ah! loco amor á perecer te impele,
No el hado; éste, infeliz, no era tu dia!
Proserpina tu rubia cabellera
Aun no ha cortado, ni Pluton te espera.

CXXXVII.

Vuela Íris vaporosa, y en su vuelo
Brillan las plumas con el sol enfrente;
Y posándose encima: «Manda el Cielo
Que esta ofrenda á Pluton quite á tu frente;
¡Alma, sál fuera!» dice; el rizo pelo
Corta aquí con la diestra, y juntamente
El calor cesa que en el seno mora
Y la vida en los aires se evapora.

LIBRO QUINTO.

I.

Ya salvo Enéas con sus naves hiende,
Merced del Aquilon, la mar oscura,
Y tornando á mirar, su vista ofende
La dejada ciudad, que arde y fulgura:
La causa no se ve; mas ¿quién no entiende
Cuánto puede en mujer venganza dura
Y obstinada pasion? Y así el viajero
Terror concibe de funesto agüero.

II.

Despues que ya se hubieron engolfado,
Y entre agua, al fin, y cielo no ven cosa
Sino el cielo y el agua, azul nublado
Sobre las naves sólido se posa
De lobreguez y tempestad cargado:
Con tristes amenazas espantosa
La ecuórea inmensidad se entenebrece;
Esfuérzanse huracanes, la onda crece.

III.

Y en alta popa el pálido piloto,
«¡Qué oscuridad,» exclama, «el polo llena!
¡Cuánto mal nos previenes no remoto,
Oh gran padre Neptuno!» Y luégo ordena
Los aparejos recoger; al Noto
Torcida vuelve la crujiente antena,
Y haciendo al remador nuevo conjuro,
Prosigue así gimiendo Palinuro: