XXIV.
Hay distante en el mar un risco, enfrente
De las riberas que la espuma baña:
Cuando el Cielo se entolda, el mar furente
Concentra allí su bramadora saña:
Mas á erguirse el peñon torna imponente
Cuando duerme la líquida campaña,
Y da en flanco espacioso al ágil mergo
Para enjugarse al sol plácido albergo.
XXV.
Allí una meta de frondosa encina
Enéas pone, á donde el nauta vaya
A doblar la carrera, y si lo atina,
En bajel vencedor torne á la playa.
La suerte á los caudillos determina
Puesto; cada uno en alta popa raya
Por la vestida púrpura y el oro,
Y á lo léjos esplende su tesoro.
XXVI.
Bañados con aceite reluciente
Las desnudas espaldas, y ceñidos
Con ramaje de álamo la frente,
Al banco acuden los demas, fornidos;
Y, la mano en los remos impaciente,
Y atentos al anuncio los oidos,
Codicia de loor, sed de combate
Les hinche el corazon, que duda y late.
XXVII.
El clarin resonó; y en un momento
Todos del puesto arrancan á porfía:
Retiembla el mar, retumba el firmamento
Con el náutico estruendo y gritería:
Abren los brazos al batir violento
Surcos iguales y espumosa via,
Y á un tiempo remos y tridentes proras
Las aguas por doquier rompen sonoras.
XXVIII.
No en el estadio así se precipita
Carro de dos corceles que se arroja
La palma á arrebatar, ni tal se agita
El conductor que la tardanza enoja;
El cual el volador tiro concita
Sacudiendo sobre él la brida floja;
Blande el azote, y á blandirlo atento,
Parece, de encorvado, ir por el viento.