XXXIV.
Menétes, de los años abatido,
Salir apénas del abismo pudo;
Y sacudiendo el húmedo vestido
Trepa á secarse en el peñon desnudo.
Rió la juventud cuando le vido
Hundirse de cabeza al golpe rudo;
Bregar luégo, y despues que brega y nada,
Revesar la onda que tragó salada.
XXXV.
Viendo á Gias, Mnesteo la esperanza
Cobra de rebasarle. Al par rebosa
Sergesto en ella, y, el primero, alanza
Su nave hácia el peñasco presurosa:
Esta, mitad á su rival se avanza,
Mitad la Priste su costado acosa;
Y en fuerza del peligro y del deseo,
Recorriendo el bajel habló Mnesteo:
XXXVI.
«Soldados de Héctor, que la patria mia
Miró á mi lado en la final pelea!
Como en las sirtes gétulas fué un dia,
En este lance vuestro aliento sea;
Cual ya en el jonio mar, vuestra osadía,
O en las rápidas ondas de Malea.
Ni aspiro á ser primero. ¡Oh, si pudiese ...
No; á quien lo dió Neptuno, el triunfo es de ése!
XXXVII.
»Mas no el pudor postreros ir consiente;
Lo que honor manda, compañeros, pido.»
Calla; saca, á su voz, vigor su gente;
Cruje la popa al golpe repetido;
Huye la mar; anhélito frecuente
Brotan las secas fauces con sonido;
Los cuerpos dobla agitacion extraña,
Y abundante sudor sus miembros baña.
XXXVIII.
Hé aquí vencer les dió súbito caso;
Y fué así que forzando espacio estrecho,
Metió Sergesto el imprudente vaso
Entre las peñas á encallar derecho:
La roca retembló con el fracaso;
Se oyó el remo crujir cuasi deshecho
En puntas de coral, do sin defensa
Entró la proa y se aferró suspensa.