LXIV.

Favorécenle á par altas razones
Que hace Dïores, que su palma espera:
Palma, si Salio de los grandes dones
Ninguno ha de llevar, suya y postrera.
Y dijo Eneas: «No temais, garzones:
El órden de los premios nadie altera;
Ni vuestros fueros mi amistad lesiona
Si al valor desgraciado galardona.»

LXV.

Y una piel de leon da á Salio, armada
Con áureas garras y hórridas guedejas.
Niso entónces habló con voz turbada:
«Si ese honor á vencidos aparejas
Y tanto un contratiempo te apïada,
Para Niso, señor, ¿qué premio dejas?
Mio es el triunfo, si la suerte esquiva
Que á Salio hirió despues, no me derriba.»

LXVI.

Habla, y del golpe el afeante signo
Muestra, hablando, en el cuerpo y triste cara.
Oyóle el Rey y sonrió benigno,
Y un rico escudo le ordenó llevara:
Fue éste del mozo egregio premio digno:
Lo hizo Didameon con arte rara,
Y al templo de Neptuno do pendia,
Argivo brazo lo arrancara un dia.

LXVII.

Cesó la competencia de esta suerte;
Y Enéas señalando férreo guante:
«Ahora,» dijo, «el que se sienta fuerte,
Ceñido el puño indómito levante.
Lucio novillo al que á vencer acierte,
Con cintas y oro el asta rutilante,
Daré por galardon: gentil celada,
Por consuelo, al vencido, y una espada.»

LXVIII.

Con murmullo del vulgo circunstante,
Lleno Dáres alzóse de ufanía:
Él solo, en Troya, á Páris arrogante
A contrastar lidiando se atrevia;
Y él solo á Bútes, triunfador gigante,
Que, de orígen bebricio, pretendia
Llevar sangre de Amico, invicto en guerra,
Cabe el túmulo de Héctor echó á tierra.