LXIX.

Tanto como en la fúnebre palestra
Soberbio entónces levantarse pudo
Cuando dejó al jayan sola su diestra
Tendido en la sangrienta arena y mudo.
Soberbio ahora se levanta, y muestra
Los hombros fornidísimos desnudo;
Y un brazo y otro vigoroso extiende,
Y los aires azota por do hiende.

LXX.

En medio del innúmero gentío
Otro igual campeon se busca en vano:
Nadie á aceptar se atreve el desafío,
Nadie del cesto á rodear la mano.
El, sin par, á su juicio, en poderío,
Saluda á Enéas y prosigue ufano
Sin que en mudo homenaje instantes pierda.
De una asta asiendo al toro con la izquierda:

LXXI.

«¿Qué más quieres que aguarde, hijo de Diosa?
El dón se me adjudique, pues ninguno
Su fuerza con mis fuerzas medir osa.»
Los Teucros barbotaban de consuno
Apoyando la súplica orgullosa.
Con ruego en tanto Acéstes importuno
Reprende, incita á Entelo, que á su lado
Yace en el verde césped reclinado:

LXXII.

«Tu nombre de valiente entre valientes
¿Qué sirve, Entelo, sin tan buenos dones
Con tanta calma en paz llevar consientes?
Hoy de Erice divino y sus lecciones
¿No es deber patrio que el honor sustentes?
La fama que asombraba estas regiones
¿A dónde se oscurece? ¿Qué se han hecho
Los despojos pendientes de tu techo?»

LXXIII.

Entelo respondió: «No son extraños
Valor y amor de gloria al pecho mio;
Mas siento ya de la vejez los daños,
Mis miembros ciñe ya rígido frio.
Yo si hoy tuviese el que en mis verdes años,
Cual le goza ese audaz, ardiente brío,
No el premio disputara, sí la palma;
Que ocupe el premio vil, lo llevo en calma.»