LXXIV.
Habló Entelo; y volviendo por sus fueros,
Se alza, y dos cestos en el campo lanza
Con que Érice ostentara en golpes fieros
Con los ligados brazos su pujanza.
Ven los siete boyunos recios cueros
Graves de plomo y hierro á hercúlea usanza,
Y todos se imaginan con asombro
Del buey la talla, y del atleta el hombro.
LXXV.
Más que de paso el mismo Dáres cía;
Y mudo con la mano el grande Enéas
El enorme volúmen revolvia
De los gruesos anillos y correas,
Y díjole el anciano: «¿Qué sería
Si de Hércules las armas giganteas
Hubieses visto, y la espantosa hazaña
Que hizo estas playas funeral campaña?
LXXVI.
«Fué hijo Érice, cual tú, de Vénus, y esos
Los correones son que usaba en lides:
¿Esparcidos los ves de sangre y sesos?
Los mismos son con que paró ante Alcídes;
Y yo tambien con vigorosos huesos
Los blandí contra fuertes adalides
Guando áun léjos la edad miraba ingrata
Que ambas mis sienes esmaltó de plata.»
LXXVII.
Y á Dáres retorciendo la mirada:
«Mas si rehuyes, campeon troyano,»
Prosigue; «si á tu Rey piadoso agrada,
Y al mio, que combate por mi mano,
Fuerzas equiparar en la estacada,
Gustoso á justos términos me allano:
¡Ea! las armas de Érice te cedo;
Las troyanas depon, y pon el miedo.»
LXXVIII.
Áun bien no lo hubo dicho, se adelanta,
Y del doble ropaje se desnuda,
Y en pecho, brazos, músculos, espanta
Ver su nerviosa robustez membruda:
Ya, en medio el campo, colosal se planta;
Y dando Enéas término á la duda,
Trae de iguales cestos sendos pares,
Y á Entelo de ellos arma y arma á Dáres,