LXXXIV.

Y ya en rápida fuga, impetüoso,
Tirando golpes de una y otra mano,
Sin parada, sin vado, sin reposo,
Persigue á Dáres por el ancho llano;
Cual turbion que los techos fragoroso
Azota con granizo, el héroe insano
Hiere á ciegas con furia borrascosa,
Y á Dáres acomete, envuelve, acosa.

LXXXV.

No sufre Enéas que adelante siga
La encarnizada obstinacion de Entelo,
Y del campo, ya muerto de fatiga
Saca á Dáres con voces de consuelo:
«¿Demente estabas? ¡Ah, infeliz! te hostiga
No humana fuerza, pero el mismo Cielo;
Cedes á un Dios; rendirte no te pese.»
Dijo; y manda su voz que la lid cese.

LXXXVI.

En torno del vencido en ese instante
Llega fiel uno y otro camarada,
Y, flacas sus rodillas, vacilante
La cabeza, la boca ensangrentada
Y el ornato dental roto y nadante,
Llévanle al puerto. Morrïon y espada
Reciben advertidos, y se alejan,
Y el toro al vencedor y el lauro dejan.

LXXXVII.

El cual del lauro y con su toro ufano,
«Ved, pues, ahora, y ponderad,» decia,
«¡Oh hijo de Diosa! ¡oh ejército troyano!
Cuál en mi juventud la fuerza mia
Hubo de ser, y Dáres de mi mano
Cuál muerte, á no salvarle, probaria.»
Dijo, y plantóse del novillo enfrente,
En alto puesto el brazo prepotente;

LXXXVIII.

Y á plomo entre ambos cuernos, guarnecida
La mano descargó cual duro hierro:
Húndese el cráneo, y trémulo, sin vida,
En tierra con su mole da el becerro.
«¡Salve, Erice inmortal!» clamó en seguida:
«Puestas las armas, con que triunfos cierro,
Más bien que la de Dáres, en memoria,
Yo dó y consagro esta ánima á tu gloria.»