LXXXIX.
Luégo al juego del arco el Rey troyano
Invita, y premios pone. De la nave
Que Seresto gobierna, con su mano
Va él mismo y fuerte arbola el mástil grave;
Y alígera paloma al aire vano
En el tope suspende (atada el ave
A una cuerda, la cuerda al mástil fija)
A donde el tiro el flechador dirija.
XC.
Llegan de ellos; y un casco que reciba
Las suertes, traen en medio. La primera,
La de Hipocon, el de Hírtaco, con viva
Aclamacion del vulgo, saltó fuera.
Coronado la sien de verde oliva,
Reciente prez de la naval carrera,
Oyó, en segundo término, Mnesteo
Grato sonar su nombre á su deseo.
XCI.
Tocóle á Euritïon salir tercero:
Hermano tuyo, oh Pándaro divino,
(¡Tú que al campo de Aquivos, el primero,
Lanzaste, compelido del destino,
El dardo de discordia mensajero!)
Del fondo del almete al aire vino,
Postrer nombre, el de Acéstes, que ahora ufano
En lid de mozos á terciar va anciano.
XCII.
Todos con brazo en arco arman pujante,
Y sacan primas flechas del aljaba:
Ante todas, del nervio rechinante
Arrancó la que el de Hírtaco ajustaba:
Hiere el viento, y al mástil que delante
Mira, parte veloz, y en el se clava:
Al golpe tembló el palo; alas agita
Medrosa el ave, y el concurso grita.
XCIII.
Tendió el arco avanzándose forzudo
Mnesteo, vuelto á lo alto ojos y flecha;
Mas no tanto que al ave hiriese, pudo
La férrea punta encaminar derecha:
Rompió empero la cuerda y líneo nudo;
Y libre el pié de la atadura estrecha,
La paloma veloz sacude el vuelo
Entre nubes plomizas por el Cielo.