XCIV.

Euritïon, ya el arco apercibido,
Tiró, invocando á Pándaro en su ayuda,
Al ave que de nublo opaco vido
Salir aleteando, flecha aguda:
Alcanzóla en su vuelo envanecido;
Ella el hincado astil trayendo muda,
Dejando por allá la dulce vida,
Al suelo vino en mísera caída.

XCV.

Solo Acéstes quedaba, ya baldío,
Y la palma perdida y la esperanza;
Mas del brazo ostentando el arte y brío
Y del arco sonante la pujanza,
Vuelta la faz al ámbito vacío,
Apunta en vago, la saeta lanza,
Y ocasiona, no entonces entendido,
Milagro aéreo de infeliz sentido.

XCVI.

Confirmaron despues con voz tardía
Adustos vates el infausto agüero:
Y fué así que inflamado discurria
Entre celajes el volante acero;
Con fuego señaló su etérea via
Y apagóse en los aires; cual lucero
Que vaga desquiciado por la esfera
Arrastrando su ardiente cabellera.

XCVII.

Al Cielo los medrosos corazones
Ambos pueblos levantan juntamente;
Mas no igualó con fúnebres visiones
El gran Enéas la vision presente;
Antes sonrie cumulando dones,
Y á Acéstes abrazando, al par rïente,
Aunque grave el semblante, de alegria,
«Lleva, ilustre monarca,» le decia:

XCVIII.

«Lleva esta copa, de labores rica
(Que del Olimpo el reinador, no en vano
Con esa aparicion me significa
El honor que te debo soberano):
Mi anciano genitor te la dedica;
Recíbela, dón suyo, de mi mano:
A él el tracio Ciseo ántes la diera
Insigne prenda de amistad sincera.»