XCIX.
Dice; y ciñe á su sien envejecida
Verde rama, y triunfante le pregona.
A Euritïon, que disputar no cuida,
Cual pudo, muerta el ave, la corona,
Premió inferior á Acéstes. En seguida
Al que nudos deshizo galardona;
Y á aquel con recompensa honra postrera
Que la flecha en el palo hincó primera.
C.
Enéas, no el cértamen concluido,
Llamado habia al de Epito á su lado,
Tutor del tierno Yulo, y á su oido,
Fiel á secretos, confió un recado:
«Vé, corre; á Ascanio dí que si instruido
Tiene y á la carrera adeliñado
Su escuadron de muchachos, más no tarde,
Y honre al abuelo con vistoso alarde.»
CI.
Él mismo á la esparcida concurrencia
Manda dejar los campos escombrados:
Llegan ya, y con gallarda continencia,
En caballos del freno bien guïados,
Avanzan de sus padres en presencia
Niños de hoja menuda coronados;
Y al verlos desfilar, rumor que halaga
A un tiempo en ambos pueblos sordo vaga.
CII.
Dos de agreste cerezo jabalinas
Con punta herrada llevan todos ellos:
Aljaba al hombro, algunos: de oro finas
Cadenas caen de los ceñidos cuellos.
Despártense en tres bandas peregrinas,
Doce en cada una, los garzones bellos;
Y, en competencia igual de su edad tierna,
Agil cada una un capitan gobierna.
CIII.
¿Veislo? mandando va su compañía,
Hijo, Polítes, tuyo, el pequeñuelo
Príamo, que del nombre se gloría
(Cual de él ítalos nietos) de su abuelo:
Monta un corcel de los que Tracia cria,
Gallardo, bicolor, que el duro suelo
Con alba mano denodado huella,
Y lleva en la alta frente alba una estrella.