CXLIV.

Cuantos han de quedarse, en sus fatigas
Parte al troyano Rey piden ahora:
El con palabras los consuela amigas,
Hijos á Acéstes los entrega, y llora.
Manda á las Tempestades enemigas
Matar una cordera; á Érice adora;
Tres becerros tambien manda le maten,
Y que en órden los cables se desaten.

CXLV.

Yérguese él en la prora, coronado
De hojas menudas de sagrada oliva:
Un vaso empuña, al piélago salado
Intestinos arroja, y néctar liba.
En popa aura terral hiere de grado
Alejando las naves de la riba;
Bogan el remo, y al batir contino
Cubren de espuma el líquido camino.

CXLVI.

No halla en tanto á su afan Vénus sosiego;
Vuela á Neptuno, y «El que Juno abriga
Odio irreconciliable,» gime, «al ruego,
Neptuno ilustre, á descender me obliga;
Que no su ira cruel, su rencor ciego
Amansan años ni piedad mitiga,
Ni lo que ordena el hado ó Jove manda
Su indómita ambicion quiebra ni ablanda.

CXLVII.

»Eterno es el furor que su alma siente;
Que no bastó á su cólera sombría
Haber talado la ciudad potente
Que en la ancha Frigia dominaba un dia,
Ni arrastrar las reliquias de su gente
Por senda de martirio. Todavía
Al pueblo hundido en perseguir no cesa
En sus huesos nadantes y pavesa!

CXLVIII.

»La causa ella sabrá de tanta saña:
Yo sé, y las ondas líbicas tú mismo
Viste cómo á manera de montaña
Encrespó amenazando cataclismo;
De Eolo en el favor fió; se engaña;
Mas era su intencion cielo y abismo
En uno confundir; y así la impía
Insolente tus reinos invadia.