CXLIX.
«Hoy, ¡qué horror! á las hembras roba el tino,
Y las naves ardiendo á los Troyanos,
Fuerza á Enéas, cerrándole el camino,
A dejar en destierro á sus hermanos.
Haz siquiera que al Tibre laurentino
Estos últimos restos lleguen sanos,
Si ya al muro las Parcas prometido
No han de negarles; si lo justo pido.»
CL.
Respondió el Dios que el ponto señorea:
«Pon confianza en el imperio mio,
Que en mis reinos naciste, Citerea,
Y ya á Enéas mostré mi afecto pio:
Yo mil veces, por él, si el mar ondea
Las nubes conjurando á estrago impío,
Serené la amenaza; y no hice ménos
En tierra que del piélago en los senos.
CLI.
»Janto y Símois me saquen verdadero:
Cuando Aquíles con furia impetüosa
Por la espada inmoló tanto guerrero
Que contra el muro de Ilïon acosa;
Cuando, enfrenando su ímpetu ligero
El álveo, que en cadáveres rebosa,
El Janto por las márgenes gemia
Ni hallar lograba hácia mis reinos via.
CLII.
»Yo á tu hijo entónces arranqué á la muerte
En nube con que entorno le rodeo,
Viéndole ménos bienhadado y fuerte
Combatir con el hijo de Peleo;
Ni vacilé en librarle de esa suerte
A pesar del furor de mi deseo,
Que hundir yo ansiaba la ciudad perjura,
Ya (¡mal pecado!) de mi mano hechura.
CLIII.
»¿Qué dudas, pues? ¿qué temes por Enéas?
Yo lo mismo que entónces, ahora siento:
El al puerto de Averno que deseas
Llegará con su gente á salvamento:
Habrá sólo uno que anegarse veas,
Escogido holocausto.» Así el aliento
Neptuno á Vénus vuelve; y ya bizarro
Con arreos de oro orna su carro.