CLIX.
«¡Hijo de Yasio, Palinuro mio!
Mira cómo resbala blandamente
Llevado de las ondas el navío;
¡Qué propicio que espira el manso ambiente!
Un rato al soporífero rocío
Inclina ya la fatigada frente;
Hora es de descansar: duerme sin miedo,
Que yo en tanto por tí velando quedo.»
CLX.
Alzó el otro los párpados apénas
Y dijo: «¿Lo que vale la semblanza,
Quieres que olvide yo, de olas serenas?
¿Que ponga en monstruo aleve confianza
Pretendes por ventura? ¿Me encadenas
Porque entregue mi Rey á la mudanza
De mar y viento, de quien tantas veces
Probé las veleidades y dobleces?»
CLXI.
Dice, é inmóvil se afianza, y traba
Del gobernalle con ahincado empeño;
Mira á los astros, y en los astros clava
Los mustios ojos resistiendo al sueño.
Mas ya una y otra sien le golpeaba
El Dios con su balsámico beleño
En las aguas del Lete humedecido,
Y los ojos le anega en alto olvido.
CLXII.
No bien los miembros el sopor le afloja
Cuando el sueño sobre él se precipita;
Mas no del gobernalle le despoja
Ni de su asida posicion le quita,
Antes al mar con el timon le arroja
Y áun parte de la popa: llama, grita
Cayendo el triste; nadie oyó su acento;
Y el Dios aleteando huye en el viento.
CLXIII.
Segura, empero, prosiguió la flota
Del favor de Neptuno protegida.
Mas hé aquí ya se acerca en su derrota
A la roca, otro tiempo tan temida,
De las Sirenas, que la mar azota,
De albos huesos de náufragos guarida;
Y léjos con monótonos bramidos
Resuenan los escollos combatidos.