CLXIV.

Notó Enéas entónces que á la armada
Falta el piloto y perecer podria;
Y con mano acudiendo acelerada
La noche toda él mismo el timon guía;
Y entónces exclamó con voz ahogada:
«¡Pobre amigo! ¡fiaste en demasía
De cielo bonancible y mar serena;
Yacerás insepulto en triste arena!»

LIBRO SEXTO.

I.

Así hablaba y lloraba juntamente.
Ya, riendas dando, por el mar navegan,
Y á las costas de Cúmas (cuya gente
De Eubea vino) sin tardanza llegan.
Tornan proas al mar: con tenaz diente
La ancla fija el bajel, y á tierra apegan
Las corvas popas, que en la orilla alzadas
La bordan de colores varïadas.

II.

Ledos embisten en hesperia tierra:
Quién hiere el pedernal, que en sus entrañas
De la llama los gérmenes encierra;
Quién penetra las ásperas montañas
Y leños corta, ó por su seno yerra,
Intrincada guarida de alimañas,
Y vuelve, y dando de placer señales
Enseña los hallados manantiales.

III.

Mas Enéas piadoso á las alturas
En que Apolo descuella, se encamina,
Y las cuevas recónditas, oscuras,
Busca de la terrífica adivina
Que, inflamada del Dios, cosas futuras
En estro rebosando vaticina:
¿Veisle? entrando con otros va derecho
Ora el bosque avernal, ya el áureo techo.

IV.