«No es sazon de admirar primores tales.»
Le dice: «importa que inmolar decidas
De grey vacuna siete recentales
Y á par siete ovejuelas escogidas.»
Esto dijo: Troyanos principales
Van á cumplir las órdenes oidas;
Y mostrándoles sigue ella el camino
Al elevado templo Sibilino.

X.

Hay en la roca eubea un lado hendido,
Antro de cien entradas y cien puertas
Que cien voces arrojan con rüido,
De la oculta Deidad respuestas ciertas.
Cuando llegaban al umbral temido,
«¡Tiempo es que el ruego á consultar conviertas
Tus hados, huésped!» la doncella exclama;
Hé aquí el Dios, hé aquí el Dios! mi mente inflama.»

XI.

Esto la vírgen pronunció en la entrada
De la inmensa caverna: en ese instante
Tartamudea, la color mudada,
Crespo el cabello, atónito el semblante:
Enfurecida, aérea, agigantada,
Hínchale el Dios el seno jadeante,
Y ya llena del númen soberano,
Vibró puro su acento áun más que humano:

XII.

«¡Eneas! ¿no será que al Númen santo
Con tus votos y súplicas regales?
No han de abrirse á tus pasos entretanto
Del pavoroso templo los umbrales.»
Calló: los Teucros con glacial espanto
Oyeron resonar palabras tales,
Y postrándose el Rey, con hondo acento
Oró así en religioso arrobamiento:

XIII.

«Febo, que de infortunios y pesares
De los hijos de Troya te apïadas;
Tú que al cuerpo del de Éaco, de Páris
Las flechas dirigiste enherboladas:
Salvo, merced es tuya, hendí anchos mares
Que á ceñir van regiones apartadas;
Yo he cruzado las costas africanas;
Yo las hórridas sirtes vi cercanas.

XIV.