»Hoy piso en fin el límite italiano,
Tierra de promision que ántes huia;
¡Así el signo maléfico troyano
Haya hasta aquí llegado en su porfía!
Y ¡oh cuantos con furor visteis insano
Crecer la gloria de mi patria un dia!
¡Dioses todos y diosas! sin enojos
Volved ya en fin á Troya vuestros ojos!

XV.

»Y ¡oh tú que en siglos ves áun no llegados,
Santa sacerdotisa! (yo no pido
Imperio no ofrecido por mis hados)
Da á mis Teucros gozar reposo y nido
Con los Dioses de Troya fatigados;
Y á Hécate y á Apolo, agradecido,
De mármol fundaré templo y altares
Y fiestas en su honor apolinares.

XVI.

»Tú en mi reino tambien ilustre asiento
Tendrás, y tus sagradas predicciones
Guardando con solemne acatamiento,
Tu culto servirán dignos varones.
Mas oye: á la merced irán del viento
Tus palabras si en hojas las dispones;
Canta tú misma lo que cierto veas.»
Aquí dió fin á su oracion Enéas.

XVII.

En tanto la Sibila áun se subleva
Por sacudir el númen que la oprime,
Y feroz se revuelve en la ancha cueva:
Fogoso corazon, labio que gime
El Dios le doma, que sobre ellos lleva
Hasta grabarla, inspiracion sublime;
Y dan su voz en ecos las cien puertas
Todas á un tiempo sin esfuerzo abiertas.

XVIII.

Diciendo: «¡Oh tú hasta ahora libertado
De los riesgos del piélago marino,
Hoy de riesgos de tierra amenazado!
Vendrá tu gente al reino de Lavino
(No temas, no, que lo revoque el hado);
Mas tiempo habrá que llore porque vino;
Guerras, ásperas guerras estoy viendo;
Miro al Tibre ondear, de sangre horrendo.

XIX.